Ya que ando en el pequeño pueblo que me vio crecer visitando a los amigos, ver qué hay de nuevo y contar mi travesía por la universidad mientras envejezco antes que todos mis compañeros, me veo sentada en el comedor de mis amigas, madre e hija. Una siendo el ánimo de la otra porque la que es hija no puede con sus nervios, se casa dentro de dos semanas y yo estoy tomando un vaso con agua sintiéndome inerte porque no sé qué decir y no lo sabré hasta que me pase...
Me encanta lo práctica que puede llegar a ser en cuanto a contarme la odisea y cómo su expresión se torna ansiosa. Yo, en cambio, sigo pensando en las palabras adecuadas y las preguntas amables para no estresarla más. Y no se estresa, ¡Aleluya! De cuando en cuando nos quedamos en silencio y me imagino estando en su lugar - posiblemente habría convocado una junta con las damas y amigas para tomar algo relax y hubiera terminado en una combinación de alcoholes. El vómito al lado de mi remordimiento y juntos se vuelven resaca- imagino de nuevo y no brota nada...
La idea de una boda se ve lejana y con los recientes sucesos amorosos he decidido que ver a mi ex no será tan laborioso como al principio; en primera, está más idiota que el que lanza una pelota imaginaria para que el perro la atrape; segunda, me hará reír más con las bobadas que se le ocurran para llamar mi atención y tercera pero la más racional e imparcial, ya no hay nada que me detenga a ser indiferente.
Como dicen en todos los lugares que conozco, con una frase que ha llegado a ser mi favorita porque no hay mejor manera de correr a alguien de cualquier lugar y que muero por decirla pronto: "Sácate a la verga de mi vida". Me parece divertida porque no me genera culpa ser mala de vez en cuando.
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