domingo, julio 16, 2017

El Viaje

Cada vez que viajo de la enorme ciudad hacia la más pequeña, encuentro cierta ambivalencia al marcharme, soy dos personas distintas en una y cuando se acerca la fecha del viaje, no queda más que dejar que fluyan las horas. 
Cierta parte de mi desea quedarse porque se encuentra de pasar todo el día entre la libertad de estar sola y estar acompañada, a veces más sola que acompañada, pero al siguiente minuto llega ese síndrome del viaje, que en cierto momento de mi vida prefiero alejarme de todo lo que me genere un recuerdo vago del pasado y lo más sencillo, me parece, es tomar una maleta e irme lo más pronto posible, lo más lejos imaginable. 
Puede funcionar.
Llego a casa de mi familia y estoy rodeada de personas que desean lo mejor para mí y trato de no hablar de lo doloroso.Siempre enfocando la energía en lo lindo de las cosas, haciendo reír a los demás, aunque yo no me esté riendo por dentro. Empieza forzado pero termina siendo real. Me brota reír y me alegra ver a los demás siendo parte de eso.
En cada viaje no tenía quién me esperara en mi propia casa y de repente, un día lo tuve y ya no lo tengo más... Hay una recóndita parte de mi que no sana pero hay una enorme extensión de mi ser que se va liberando, capa por capa, día tras día, para entender que hay personas que no deben permanecer ni sentimientos que aferrar. 
Y ahora que regrese, habrán personas esperando por mí,que se volvieron mi otra familia y tendrán una versión más completa de mi, esa que no se dejó vencer por un amor que no correspondió, un dolor que no quería cerrar y herida que costó suturar. 
La herida seguirá ahí pero le pondré color con tatuajes que signifiquen el presente. 
 
   

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