jueves, noviembre 22, 2018

El Escritor

Él nunca termina, nunca está conforme, nunca duerme. Las puestas de sol, los mediodías y las medias noches le pasan por la ventana. Encerrado en su habitación con una vieja pluma y papel amarillo. Pasan las horas y no sabe ni cuando fue que durmió. Se recuerda en la cama jamás despertando, jamás viviendo. 
Es el escritor, se le escapan las letras en el sueño, se le van las ideas en un parpadear. Está soñando, tal vez no. Se recuesta en su cama y no lo sabe porque sueña que está frente a la ventana, viendo renacer al sol sin verle morir. 
No recuerda cuando fue la última vez que salió a sentir el aire, si lo sentía en el corazón. Jamás sintió ese agujero en el pecho que de una u otra manera creció. 
Vuela el papel, vuela la pluma. Vuela la almohada lejana a la luna. Vuela el sueño, se va con Morfeo. 
Las cosas siguen su rumbo, ¿a dónde va el escritor? Perdió la cabeza, perdió el corazón. Entre mil hojas amarillas y un montón de palabras rotas que no pudo escribir. Dejó aquella historia a medias, de ese sueño que parecía socavón con labios carmesí. 
Vivió poco, durmió nada y escribió tanto. Se asomó por la ventana, esa pequeña ventana que sólo le dejó ver el sol. 
Rasgada está la pared pintada con cal donde colgó sus dibujos, ese color a tinta sangre con el que bañó sus tristezas, ese abrazo atizado que le devolvió el hambre, hambre de vivir cuando ya no podía hacerlo mas. 
Devoró su cuerpo con nostalgias que no le dejaron ver que había muerto viendo el sol naciente por la ventana que había pintado en la pared. 
 

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