viernes, noviembre 23, 2018

De noticias malas a noticias malas

Normalmente cuando me siento mal escucho música, escribo (a veces), cocino o veo una película (porque leer un libro se me hace más comprometedor y no quiero dejar otro en la pila de los pausados). 
Ayer, me tuve que exiliar de las redes sociales y no contesté ningún mensaje, ninguna notificación de Facebook y me centré en dormir temprano. Eran las 10 de la noche, cerré los ojos y me quedé dormida. Ese mismo ayer, al mediodía estaba al borde de un infarto. Fue lo más horrible y más confuso que he sentido en toda mi vida. Me había enojado con todos y recibía más malas noticias de todo con tiempo límite encima. 
Caminé por todo el departamento (el cual no es muy grande) tratando de apaciguar esa furia mientras me mantenía la mano en el pecho, sintiendo esos recorridos raros sobre la espalda y el corazón. Mi brazo izquierdo, a veces sentía que no era mío o que al menos, no funcionaba de la misma manera. Estaba enojada. Intentaba respirar pausadamente y trataba de pensar en soluciones para ese momento. De lo que estaba segura es que no quería morir frente a una computadora, en bata de dormir y por un trabajo en el que di parte de mi tiempo y aún así, sin poderme titular. Si, ahora es lo que puedo pensar que es lo más importante en mi vida. 
Hasta me fui a un estacionamiento, detrás de un taxi a comerme una dona de chocolate, sentada, mientras me preguntaba ¿Por qué no pude tener un pinche día tranquilo en este semestre? Era un sentimiento de amargura, enojo, depresión y todo fue tan cíclico que empecé a dormir de más para no sentirme de ninguna manera ( sólo jodiéndome la espalda de estar acostada). Rogué para dejar de pensar o sentir por un rato pero no es como que le pueda poner una pausa a la vida. El mundo no se detiene mientras una se lamenta por lo que le pasa o le deja de pasar.  
Desperté hoy con la idea de NO enojarme. Iba a tener una tarde tranquila, no felicidad pero no más arranques de enojo. Si de algo me jactaba era de tener una presión sanguínea y corazón sanos, la vida siempre te demuestra que te equivocas... 
Me estaba quejando sentada en una banca sobre todo lo que había pasado el día anterior y llega un amigo a decirnos, cosa que no quería decir, que estaba más enfermo de lo que pensaba. Verán, empezó a platicar sobre su cita médica y de pronto, me paré a abrazarlo. Lo abracé y empecé a llorar. Pensé: Tiene sólo 21 años, toca un sinfín de instrumentos, es inteligente, así como lo pueden ver tiene suerte con las mujeres (aunque se le acercan medias locas, algunas), visita a los niños con cáncer. Quiero decir, ha hecho más cosas en su vida y por los demás que lo que yo he hecho en mi vida por mí misma. Sé que cada quien hace las cosas porque quiere, algunos parece que nacieron para servir al prójimo y otros como yo, parecemos robar oxígeno. 
En fin, mis problemas se hicieron pequeños a su lado. Realmente, no supe qué decirle y no tenía palabra alguna. Quería en ese momento, deseaba, tener una sola palabra reconfortante para alguien que tiene un camino exitoso por delante. Me preguntaba "¿Eso es todo? De verdad, ¿merece tener demencia y parálisis? Luego pensé: No puedo verlo rindiéndose a la enfermedad. No puedo. Debo hacer algo... No puedo decirle "todo va a estar bien", si ya sabe que no. No puedo sólo estar con él y ver cómo la enfermedad se lo está llevando por pedazos, siendo solamente espectadora. un día me recordará y al otro, no. 
Espero ser lo suficientemente fuerte y ser buen apoyo para cualquiera, que esté en mi vida ahora o después, mientras yo tenga vida.  

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