Sonaban las campanas en domingo, la misa de las siete de la mañana estaba por empezar y Doña Manuela se encontraba en la primera banca, como siempre, en silencio y volteando a ver a sus hijas con esos ojos, ojos en los que el mismo diablo se reflejaba en la casa de Dios, cada vez que empezaban a reír entre sus cuchicheos. De mala cara estaban Antonia, Blanca y Celestina, con vestidos largos de tela clara y ligera hasta los tobillos, un par de guantes, sombreros y zapatos de tacón bajo. Todas adolescentes, Celestina era la mayor con 16 años, era alta, delgada, con el cabello ondulado, castaño claro y largo; Antonia tenía 15 años, era morena clara con el cabello marrón oscuro, ondulado y largo, era delgada igual que su hermana pero, era más baja y Blanca, con 13 años, con el cabello castaño casi dorado, largo y trenzado, de piel más blanca que sus hermanas. Y como en todo pueblo, no faltaban los abanicos de madera. Tampoco faltaban las miradas del juicio final entre las señoras del pueblo y la sonrisa de cortesía antes de que empezara la misa.
¿Cómo podría olvidar nuestra Celestina esa misa del domingo? Cuando conoció a Coronel Dionisio Valladares II, a su esposa Martha y a sus hijos: Julio y Osvaldo Valladares. Ese día tuvo un punto de no retorno y en su momento no sabía si rezar con más esmero o dejar entrar al diablo por la ventana. Lo había fotografiado tan bien en su memoria que si le hubiesen preguntado, contestaba si el muchacho tenía pecas o lunares y, para ella, todos esos atributos eran la perfección. Recordaba que habían estado fuera de la iglesia, parados uno junto al otro sin decirse nada. Y como hubiese deseado poder decir algo pero, lo único que se le ocurrió fue un Ave María mientras volteaba a verse los zapatos. Y el muchacho parecía un tronco, tal cual maniquí.
Celestina, expectante de algún comentario climático o religioso, no le quedó más que ser cortés e intentar una despedida lejana, casi muda al joven Osvaldo. Deseaba voltear hacia atrás pero, no quería llevarse la desilusión de ver a la nada, esa nada con cuerpo y nombre. Osvaldo Valladares.
Todo el camino a casa en silencio, como si hubiera descubierto una verdad que no andaba buscando. Como le hizo sentir miles de cosas en el pecho. Confusión y duda. Sólo tenía 16 años y al único hombre que veía como esposo era ese espantapájaros en medio del maizal, siempre crucificado e inmutable, dejando correr la imaginación de ponerle nombre y apellido, nada más... Nada menos. Desde ese día el espantapájaros no tuvo la misma visita de parte de Celestina, que sólo se mantuvo apoyada en él, pensando en el infinito, pensando en el silencio de Valladares. Qué preciosos momentos había vivido en su imaginación, al menos en ella un espantapájaros tenía más conversación que el heredero de la hacienda vecina.
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