miércoles, diciembre 05, 2018

Mis Cartas a Valladares (1): Celestina

Celestina



Caminando iba sobre la terracería, mientras a lo lejos escuchaba los impactos de pistolas y cañones. Arrastraba los pies como quien cargara la muerte en sus hombros, la muerte de muchos, de todos aquellos que ya habían caído, pero, sólo se acordaba de uno y le pesaba tanto, porque le pesaba en el corazón. La llegada al pueblo parecía eterna, entre sudor y pena se lamentaba esa última carta que no obtuvo respuesta, esa última del adiós. 

¡Abuelita Tina! Hemos llegado sanos y salvos. Decía Rosario mientras entraba a la casa seguida de sus cuatro hijos, una muchacha de ayuda y de su esposo. Doña Tina corría a su propio paso para llegar a su encuentro y juntaba las manos como quien alzaba una plegaria al cielo. Una señora alta, delgada, de piel bronceada por trabajar en el campo, sonreía desde lejos viendo a su hija pasar por el umbral de la casa. Celestina sonreía marcando las arrugas de su cara y extendiendo sus brazos por aquella hija que le dejó el tiempo. ¡Llegaron temprano! Apenas estaba cortando la leña para el almuerzo. Se limpió las manos con el mandil y abrazó a Rosario, la observó de pies a cabeza mientras se alejaba de ella y le decía: Hay que comer más. Te ves muy delgada. Abrazó a sus cuatro nietos: Andrea, Lourdes, Héctor y Noé. Todos parecidos a su padre y lamentaba el parentesco. Saludó extendiendo su mano a su yerno Francisco y los invitó a pasar, para que cada quien eligiera su habitación; las niñas siempre con las niñas, los niños con los niños y el matrimonio aparte. 

Alrededor de esa casa se podían escuchar gallinas, pollitos, gallos, vacas, perros, gatos, gansos, pavo reales, loros, canarios, caballos y cerdos. Una hacienda alejada del pueblo, con suficiente tierra para dar empleo, comida y dinero. En catorce héctareas sembraba maíz, caña, tomate, lechuga, cebolla, rábano, papa, calabaza, chiles, pataste (chayote), remolacha, tabaco, yuca y frijoles. Después de tantos años, se había dedicado a la apicultura, lácteos y a sembrar plantas medicinales. Todo lo cosechado y elaborado en esa finca se iba al mercado del pueblo para su venta. Todo eso heredado de su esposo Rafael, quien murió de anciano, aunque también se le atribuyó al cigarro. Cosa que Celestina siempre odió porque Rafael era quien sembraba el tabaco, pero, prefería fumar cigarrillos porque en aquel entonces, era lo que estaba de moda cada vez que iban a la capital.

Así que después de su muerte, a Celestina se le hizo más fácil ponerse a trabajar como una más del campo, ocuparse de sus nietos y la venta de todo lo que se cosechaba en su hacienda que lidiar con las penas que le había impuesto la vida. No sabía si era castigo pero, lo aceptaba callada. Ni una sola queja de aquellos años, ni los de ahora. Tenía mucho que hacer y de tanto tragarse las cosas, se le fueron hundiendo los ojos de tristeza. Se le empezaron a hundir desde que conoció a Valladares. 

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