Cuando escucho boleros, me malviajo a esa infancia en la que todas las tardes mis tíos encendían ese estéreo enorme, que todavía reproducía discos de vinilo. Y sí llegué a renegar bastante porque tenía que perderme las caricaturas de las 5 de la tarde pero, siempre terminaba cediendo, en el fondo mis oídos estaban en paz escuchando boleros.
No entendía la nostalgia, el desamor y la melancolía que esas canciones expresaban. Era seguro que no entendía las letras porque no pasaba por eso. Mi amor se resumía en la familia, jugar y ver la televisión.
Ahora extraño muchas cosas. Extraño estar rodeada de muchas personas que ya no volveré a ver. Estar en el ambiente donde todo era baile y comida. Salir a jugar con los vecinos de la misma calle y ver a mis tías platicar en el jardín.
Y aunque entiendo los boleros, siempre viajo muy lejos, a lo que recuerdo tan fácil. Por eso, es muy fácil, porque añoro los buenos años de aún estar en la tierra que me vio nacer, donde creí morir...
Siempre me ha sido tan fácil recordar cosas que ni siquiera quiero recordar. Es como si estuviera ahí, una vez más.
Al menos, cuando me malviajo a lugares muy oscuros, tengo a Galatea maullándome que debo volver al presente. Se sienta sobre mis piernas, me ve a los ojos y si pudiera hablar, me diría: "Oye, no llores. Estamos aquí ahora, vuelve".
Cuando escucho boleros, recuerdo a quién dejé atrás para crecer. Recuerdo a quien jugaba con lodo para hacer pasteles, recuerdo que le prometí que tendría una repostería.
Y voy a tener una...
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