Y bien, me la he pasado escarbando entre mis historiales clínicos para revolver papeles viejos en donde no dejaba de escribirle a un remitente imaginario. Unas veces era para aquel amor lejano que nunca leería mi poesía y otras para mí, que se quejaba de hacerlo.
Si algo debo de aceptar es que antes de llegar a mis veinte, era más sufrida y más intensa. Una constante víctima de la vida, en donde yo no podía ver mi culpa porque al final de cuentas, yo no hacía "nada". Y es que es exactamente lo que hacía, nada, por eso no pasaba nunca de lo ordinario.
El amor lejano se hizo más distante y seguramente navega más allá del horizonte. La víctima se cansó de serlo para mejor ser victimaria. A principios, con culpa y después sin remordimientos.
Ahora que ya estoy a mis casi treinta, desconozco de puntos medios, si no tengo nada bueno que decir, mejor callo. Y la mayoría del tiempo, parece que nada me inmuta. Me resguardo entre las voces de quienes me rodean para conocerlos mejor, tratando de dejar a un lado el prejuicio y por otro lado, siguiendo a la intuición para reconocer a quienes deben permanecer atrás de la línea.
Si algo bueno tiene eso de ver hacia atrás, es que no soy la misma. A mis veinte sufría más de la cuenta, era más intensa pero más inspirada. Y esto último, es lo que me falta a mis casi treinta.
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