Tenía 5 años cuando empecé a odiar que me pusieran vestidos que mostraran más allá del cuello o que no tuvieran mangas. Odiaba tanto tenerle miedo a una sonrisa dada por un adulto, porque parecía que podía observar más allá de mí, sin saber si eso podría ser cierto.
Incluso huía de la atención que la maestra del preescolar solía darme porque me sentía tan incómoda siendo observada, aún cuando lo que no estuviera haciendo no fuese una travesura.
Al crecer, sólo podía quedarme callada o cuando requerían que participara en clase podía hacerlo siempre viendo al suelo o titubeando. Y porque por más que quisiera ser fluida o más extrovertida, todo me daba pena.
Participar frente a los demás se volvía una tarea MUY complicada. Una preparación mental que me quitaba el sueño. Hasta para los eventos en donde me veía involucrada en visitas con la directora, una monja, me quedaba callada aunque no fuera mi culpa.
La timidez, supuse, era una cuestión de miedo. Si la persona no me inspiraba confianza, cerraba la puerta (metafóricamente) y correr, sería un pensamiento recurrente. Lo mismo sucedió aún en preparatoria, porque nunca me hicieron hablar más de lo necesario pero, al escribir, era un caso totalmente diferente.
En mi primera carrera lograba hablar porque ciertos maestros me inspiraban confianza. En mis primeros trabajos, logré hablar fluidamente y sin equivocarme, porque ya me había aprendido todo lo que estaba vendiendo/ofreciendo/ayudando y parecía muy segura de mí misma pero, en realidad, odiaba hacerlo.
Y ni hablar de las relaciones amorosas, muchas oportunidades pasaron de largo porque no lograba decir lo que realmente quería y moría por hacerlo. ¡Cuántas veces me reproché por amores del pasado que pudieron ser más que eso!
Y aunque desde un tiempo atrás se me ha dado esa facilidad para hablar con las personas, otras personas lograron a que dejara el silencio de la inconformidad y de no hablar por aquello que tanto quería. Porque hay ciertas personas que se aprovechan de los que "parecen" sumisos, sin saber que están alimentando a una bestia que tiene mucho que expresar sin filtros ni tapujos.
A veces, hablar, aún con todos los miedos atorados en la garganta, suele ser un regalo muy personal que puede liberar el alma.
Y me he dado cuenta que sólo lo hago cuando realmente quiero algo. Sigo siendo la misma tímida de 5 años que actúa el papel que se le encomienda en ese momento para poder moverse entre los demás. La que pretende ser alguien que no es, una representante de sí misma porque la verdadera se esconde entre sus miedos arraigados y los anhelos frenados, todos abrazados entre sí, en algún lugar en mi cabeza.
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