Ya llega un punto en que no sabes si descansar es bueno o no, no vaya a ser que descanses de más y te levantes peor. Me dedico a ver pendejadas y a hacerlas. Me sale natural. Una se supone que no merece nada de lo que le pasa o se pregunta por qué le pasa, pero, debe pasar mucho tiempo para entender el merecimiento. Aceptarlo.
Como todo lo que pasa se remite a todos los ámbitos de la vida, todo pasa parejo. Por ejemplo, yo soy feliz estando en mi casa y no es que sea un lugar lujoso o extremadamente maravilloso. Ni siquiera tiene vista a la calle o a un jardín (ni siquiera a uno seco), es más esa falta de percepción del tiempo. Una cápsula que me destierra del mundo. Si salgo de este capullo al que llamo "hogar", todos los problemas se hacen presentes: la gente, el tráfico, los fumadores, los que estorban en el camino, el que se pasa el alto justo cuando pongo un pie en el asfalto, los que se ríen como si tuvieran altavoz, los ambulantes, el clima, el calor, el frío, la que te cae mal, el que te gusta, el que no te gusta pero tú a él, sí... y todos los demás que deseas que se vayan al carajo.
Entonces, el humor va al paso del viento y en picada, el dinero se esfuma porque se te antoja todo. El sueño te acompaña porque el mundo amanece más temprano que el sol y escuchar tanta pendejada, o te da risa o te taladra el cerebro.
En mi caso, voy por la vida buscando un café, confundiendo el azúcar con esperanza porque así aliviano el día y siempre estoy tratando de apresurar al tiempo, porque quiero regresar a casa.
Y resumo que después de haber escrito esto, lo que en realidad me molesta, es la gente. Aparte, es lo que hacen ellos y lo que yo misma me provoco, a veces llanto o a veces, gracia. Lo que salga primero.
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