Recuerdo cuando estaba presentándome en San Cristóbal de las Casas, preparando uno de los relatos que leería en voz alta. Si bien, es cierto que no me gusta estar frente al público. Me congelo. Tendría que pasar por esa vivencia y saber si era lo que realmente estaba dispuesta a hacer por seguir el apasionado camino de la escritura, definitivamente, me siento más cómoda en las sombras. Escribiendo. No le pido a los astros que algún día alguien me mencione porque leyó algo que escribí, todo el conocimiento va en espiral y para el momento en que eso pase, todo lo que haya escrito podría no encajar.
Volviendo al punto, recuerdo que la primera línea decía lo siguiente: el mundo no merece segundas oportunidades; sinceramente estaba muy dolida con la vida, dolida con Dios (porque de alguna manera creo en él y todos somos libres de creer o no), estaba dolida con mis familiares y con la muerte.
Algo tan simple como subirte al transporte público y ver cómo todos se desgracian de alguna manera, por un asiento o por el espacio personal que apenas existe en el metro de la ciudad, te pone a pensar: realmente estamos jodidos.
Me preparé mentalmente para llegar a la conclusión de que pago $5.00 (MXN) para que me lleven de un punto a otro, pedir espacio o que me aseguren un asiento en mi trayecto, a estas alturas, es añadidura. Mi día no se resume en un asiento.
Estamos compitiendo por las cosas equivocadas. Por algo como un pedazo de metal y no por una aclaración de cuentas políticas-económicas llegando a sociales.
Ahí fue cuando entendí que estaría muy lejos de cambiar el mundo, porque aún sin vivir en este caos, sabía exactamente lo que el mundo necesitaba, un final, lo había escrito años atrás, en el 2014.
Podrán matarse los unos a los otros, irse y regresar, competir por lo más burdo pero, nunca entenderán su existencia... y recorre esta duda por mi cabeza ¿De verdad, venimos en vano al mundo? Que somos mayoría, ¿para qué? Un juego de ajedrez muy mal planteado para nosotros pero muy bien jugado por los que nos mueven. ¿Quién está ganando? Porque nosotros sí que vamos perdiendo. De verdad, ¿vine al mundo para quejarme? ¿Vine a pelear con todos por lograr algo mejor, en un granito, algo muy pequeño, tan insignificante? ¿Realmente remuerde conciencias y toca corazones?¿Lo entenderá así la siguiente generación? Qué pasará cuando sepa que es una pieza más en un juego universal donde el daño está más que hecho, gastando lo que queda hasta que podamos morir, hasta que todo este mundo se acabe, esperando el final.
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