Quiero empezar para terminar más rápido y aunque llevo al tiempo como primer obstáculo en todo lo que haga, la idea de llegar al final me pone los pies a punto de correr. No estoy corriendo pero, imagino que lo hago. Con todo lo que el mundo me ha encargado en estos meses, y el mundo soy yo.
Más responsabilidades, más tensiones y posible es que regrese más cabrona. La boca no se me ha detenido. No hay palabras amables pero tampoco groseras. Serán, más bien, verdades. Verdades dolorosas. Verdades que a mí no me duelen y que no me incumben.
Verdades escandalosas. Un claro ejemplo de lo que no se quiere ver pero se sabe que está ahí. No hay peor ciego que no quiere ver.
El camino ya está terminado, falta caminarlo. Estoy al principio y me veo al final. Acompañada o sola, según sea el caso de estos meses. Unos vienen y otros se van. Se supone que a partir de eso se reconocen amistades. Tanto que dicen de soltar pero, nadie quiere permanecer.
No quiero permanecer en un lugar pero sí en alguien y si me engaño a mí misma, pereceré. Ahora soy una persona completa sin ánimos de jugar a querer, de jugar a perder, de jugar a ganar y tener la razón, del juego del silencio y de la resignación. Jugar a llorar. De la costumbre y del odio propio. De jugar a quien no soy y formar parte de donde no soy, ni seré.
Todos se toman tan en serio eso de estar mejor, yo aún me pregunto si quiero estar. No morir. Estar aquí, si encontré mi lugar y si voy a vivir allí. Muchas posibilidades de todo y de que suceda nada. No me sale bien planear a largo plazo, sólo son deseos y entre que lo sueñe y lo haga, hay un largo continente que cruzar. Sólo puedo hablar de quién soy de aquí a mañana.
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