Me veo entre la juventud y la vejez, en un punto medio donde se cruzan sin querer. Las ideas de ahora con las ideas que yo viví y las ideas de generaciones que llegaron antes que yo y las que vendrán después de mí.
Pero, los miedos siguen siendo los mismos. Hay algo que no supera nunca ni la moda, ni la tecnología, ni la ciencia... Podemos verlo como un estado de locura, de pendejez, de inocencia y de pureza: el amor. Podemos hablar de él por la experiencia y nunca sabremos qué es. ¿Es un arte? ¿es un dios... o podría ser el mismo Dios?
Cuando hablamos de amor, hablamos más de las personas que de la acción, de los fracasos más que las alegrías y siempre le cantamos porque podría ser lo más cercano a describirlo. Le dedicamos botellas enteras de alcohol para olvidarlo, aún despertando con resaca y con las ideas más estropeadas, seguimos sin conocerlo.
Es tan bonita la idea de una vez encontrarlo y no volver a sufrir pero, es tan largo el proceso de volver a ser uno mismo que cuando aparece de nuevo, cerramos las puertas, las ventanas y hasta las coladeras.
Así que, a ciencia cierta no sabemos lo que es, no entendemos cómo funciona y tampoco cuánto dura. Porque mientras no cueste trabajo, es más fácil permanecer.
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