martes, octubre 23, 2018

Rehab

Por alguna razón, tengo sentimientos muy extremos apareciendo de un momento a otro. Hay días en los que quisiera sentarme a gusto, a llorar. Otras mañanas me levanto con un frío que me cala los huesos y no es el viento que me pega en la cara, viene de adentro. Algunas noches, abrazar la almohada es lo único que me queda y no puedo recordar en qué momento se me fue la paz. 
No recuerdo en qué momento acepté el hecho de sentirme arrinconada por fantasmas que me habitan. Ni siquiera puedo describirlo. Unos días pienso que es la soledad, otros, otros parecen que no tienen sentido. Me pregunto en qué iré a parar pronto, no tan pronto y qué tan lejos. 
Otras mañanas está nublado y puedo sonreír por alguna historia tonta armada en mi cabeza, cualquier pretexto para escaparme del mundo. Suele ser así, siempre ha sido así. Tal vez me pierdo en la multitud de una estación de metro y soy una sombra más. Esas mañanas nubladas me recuerda todo lo que tengo enfrente y que aún no puedo ver y tal como si no pasara nada, sale el sol, sólo que conmigo se queda gris.
No, no es depresión y tampoco negación. Sé cuando suceden esas cosas porque de repente nos familiarizamos con ellas y como si fuera visita de cajón se queda conmigo en la cama, ayudándome a ver el techo. Y ahora no quiero ver el techo, ni el suelo, ni el cielo ni el sol. 
Hay días en que sólo me trago todo eso para luego verme vomitarlo en lágrimas que nunca entenderé por qué existieron pero, mi vida, realmente tienen razón de ser. Lo que pasa es que una es incapaz de aceptarlo y ni hablar de ponerle nombre. 



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